domingo, 18 de noviembre de 2007

Alfredo García Altamirano

Alfredo García Altamirano era Géminis, nació el 20 de Junio del año 1932, en la Hacienda Magdalena, ya desaparecida, donde su abuelo era administrador. Su infancia transcurrió en el campo, por lo que desde muy pequeño vivió rodeado de la naturaleza, circunstancia que hizo de él un amante del medio ambiente y un ecologista convencido. Conocía a la perfección la selva, el río, el valle, el monte y el manglar, la fauna y la flora de su tierra, tan fuerte fue este amor que le llevó a escribir, a comienzos de este siglo, un libro muy interesante, con valiosísimas anécdotas que el maestro vivió con mucha intensidad, al que llamó “Relatos del Río Guayas”, libro que fue premiado por el actual alcalde de Guayaquil, Ab. Jaime Nebot.


Una disciplina que Alfredo cultivó con mucha pasión y sacrificio fue el ajedrez, al que dedicó la mayor parte de su vida, llegando a ser maestro nacional titulado y además con ELO de la Federación Internacional de Ajedrez. Como jugador tuvo el récord de haber sido el deportista con más años de competencia: jugó hasta pocas semanas antes de su muerte, por cuanto la enfermedad que finalmente lo consumió, le impedía vivir emociones fuertes. Fue árbitro de torneos nacionales e internacionales, y destacado dirigente del deporte-ciencia; fue profesor de ajedrez de niños, jóvenes y adultos; fundador y presidente del Círculo de Ajedrez Guayaquil, institución que a lo largo de su existencia ha sido un semillero de valores en la provincia y el país. En 1982 colaboró activamente en la realización del campeonato mundial juvenil sub-16, con sede en la ciudad de Guayaquil, en el que ganó el Gran Maestro Bareev, campeonato sobre el cual elaboró unos boletines muy llamativos, llenos de fotografías y anécdotas. Posteriormente colaboró en la Fundación Paul Klein, organización desde la cual promovió la enseñanza masiva del ajedrez en escuelas, colegios y universidades.


El idioma inglés lo habló, leyó y escribió a la perfección, además del español, y se defendía bien en otros idiomas. Vivió por varios años en los Estados Unidos, por cuanto tenía mucho interés en el estilo de vida y los altos valores anglosajones. La embajada norteamericana lo contrató para dar clases de español a los miembros del Cuerpo de Paz. Fue también profesor de varios cónsules. La traducción de escritos fue parte muy importante de su trabajo en el Comité Olímpico Ecuatoriano (COE), al igual que la custodia de dinero, por cuanto Alfredo García fue un hombre ampliamente reconocido por su honestidad acrisolada, cualidad que lo llevó a ser designado tesorero en diversos organismos. Libros, revistas, artículos, reglamentos y otros materiales que llegaban en inglés y en otros idiomas desde el extranjero, Alfredo los leía y releía en su despacho con mucho entusiasmo. Su sed de conocimientos era enorme, y el apego a los libros y al estudio hizo de él un verdadero autodidacta, cualidad que le llevó al triunfo en muchos ámbitos, y con doble mérito, considerando que Alfredo no fue alumno de ninguna institución educativa, ni primaria, ni secundaria, ni universitaria.


Alfredo era alto, de contextura delgada, moreno tropical y cabello lacio corto. Amante de la buena música, el juego y la buena mesa. Fue un hombre de amores intensos, su esposa Nancy y sus cuatro hijos: Alfredo Marcelo, Andrés Omar, Mario Danilo y Marlon Ricardo. Se sentía muy orgulloso que uno de ellos estudió en Harvard y en el MIT, dos de las principales universidades de Estados Unidos y del mundo. Su lista de amigos es interminable, entre ellos destacan: Manuel Villavicencio, Francisco Castro Manzo y por supuesto, César Muñoz Vicuña, quien fue el vencedor de Bobby Fischer, y Yela Loffredo de Klein, una de las principales impulsoras del deporte-ciencia y de la cultura en el Ecuador.
Los que conocimos a Alfredo rescatamos su gran cultura y buenas maneras, su intachable conducta deportiva, su gran sentido del humor, y su mayor riqueza que fue su calidez humana. Cuando alguien le pedía un consejo al Profesor García, como muchos lo llamábamos, él siempre tenía a flor de labios las ideas más brillantes, y las daba con muchísima claridad, brindando más de una solución. A Alfredo siempre se le veía muy activo y con alegría y paz, y siempre estaba dispuesto a compartir esa alegría y paz con sus amigos y colaboradores.

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